Un libro es el escenario en el que la danza contemporánea del país reconstruye su historia
Clara Trueba
2 de mayo de 2022
Un libro es el escenario en el que la danza contemporánea del país reconstruye su historia

Información El Nacional

No recuerda Marcy Alejandra Rangel, periodista y magister en Gestión y Políticas Culturales, cómo fue su primer encuentro con la danza. Sí reconoce que fue una pasión que cultivó desde que tiene uso de razón. Y cuando llegó el momento de escribir su tesis de grado en 2011, para convertirse en licenciada en Comunicación Social egresada de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), el tema que escogió fue, precisamente, la danza contemporánea. Quería demostrar cómo a través de esta disciplina, a la que considera el eslabón más débil de la cultura, se podía contar la historia de Venezuela. Y así lo hizo.

Desde entonces, relata, tuvo la intención de reescribir esa tesis y publicar un libro que aportara a la construcción de la memoria colectiva del país sobre una disciplina de la que se ha escrito poco. En el intento presentó su idea a un par de editoriales que, al final, no materializaron el proyecto. Finalmente, gracias a su paso por el diario El Nacional, donde realizó pasantías en la sección Escenas, conectó con la esfera cultural caraqueña. Rangel se dio cuenta de que conocía a las personas indicadas para formar un equipo de trabajo que hiciera realidad su idea.

“A los 19 años comencé a trabajar en El Nacional. Cubría información de todas las áreas de la cultura, pero siempre tuve inclinación por la danza. Afortunadamente, me permitieron cubrir pautas relacionadas con el tema. Allí me impactó mucho el tema de los bailarines y lo que estaban haciendo en ese momento.  Quise, entonces, estudiar la improvisación en la danza contemporánea como una alternativa ante la crisis estructural de la disciplina en el país”, comenta.

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Marcy Alejandra Rangel bailarina y periodista | Foto Instagram Marcy Alejandra Rangel

Rangel, quien también está certificada en Music Business por la Pontificia Universidad Javeriana de Colombia, supo que podía concretar su idea cuando fue a la presentación del libro Soy de pura madre, de Ana María Simons, en 2015.

“Cuando ella me presentó a su equipo me di cuenta de que los conocía a todos. Es decir, si yo quería, podía sacar mi libro con ellos. Así lo hice. Llamé a los diseñadores, a los correctores y todos eran mis amigos. Reescribí el libro con Jesús Torrivilla, editor que ahora vive en México y es doctor en Historia del Arte. Después llamamos a Eloísa Maturén para que escribiera el prólogo, Virginia Riquelme hizo la corrección y di con unos diseñadores que se llaman Eddymir Briceño y Yonel Hernández que se especializan en diseño editorial”, cuenta.

Con ellos trabajó arduamente para que el diseño tuviera la forma de un escenario. Fue así como Al son que nos toquen se convirtió en un libro poco convencional. El lector lee la historia de cada bailarín de arriba hacia abajo acompañada de las fotos de Roland Streuli, fotógrafo suizo que llegó a Venezuela hace 40 años y ha registrado la danza en el país desde entonces. “Él era el único fotógrafo que conozco que tiene todo el registro desde Grishka Holguín en los años sesenta hasta las funciones del fin de semana pasado”, comenta Rangel.

Le tomó aproximadamente 6 años de trabajo arduo con su equipo pero, finalmente, este 29 de abril, en el marco del Día Internacional de la Danza, Rangel presentará Al son que nos toquen, un proyecto que aspira a convertirse en más que un libro.

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Portada del libro Al son que nos toquen | Foto Instagram de Marcy Rang

Un proyecto atractivo

En estos diez años que le tomó concretar su idea poco o nada ha cambiado en la danza contemporánea de Venezuela, reconoce Rangel. Al son que nos toquen es el único libro que se ha escrito desde los años 80 que documenta la historia de la disciplina narrada por sus protagonistas. Reúne al menos 20 testimonios de directores de compañías de danza en una crónica cultural de largo aliento que muestra cómo la disciplina fue en declive con la llegada de Hugo Chávez a la presidencia, en 1999.

Para la periodista, quien tiene 13 años de experiencia en el campo cultural y reside en Bogotá, Colombia, desde hace 5 años, fue muy difícil autogestionar un libro de este tipo sin contar con todas las herramientas. La periodista y bailarina incluso reconoce que fue muy difícil que la empresa privada le abriera las puertas a un proyecto cuando ella no era una persona conocida.

Parte del diseño del libro | Foto Instagram de Marcy Rangel

“Tuve que tocar puertas de personas a las que no sabía qué ofrecerles o no sabía en qué me podían ayudar. El 31 de diciembre de 2021 me llegó el manuscrito ya diseñado. Yo estaba en Caracas, mi abuela acababa de morir y lo tomé como una señal. En enero, cuando llegué a Bogotá, armé el proyecto y me dije: ‘Lo voy a sacar, pero si lo saco 10 años después tiene que ser impactante”, relata.

Tras cursar una maestría en Gestión y Políticas Culturales en la Universidad Central de Venezuela, Rangel sabía que debía pensar en una forma en la que el proyecto fuera atractivo para todos. “No te encuentras fácilmente con personas que apuesten por la danza. Tuve que pensar en cómo darle la vuelta para hacerlo atractivo y allí fue en donde salió lo de los NFT y la idea de las becas”, relata.

Al son que nos toquen se consolidó entonces como más que un libro: es una posibilidad de acercar la danza a nuevos públicos. Las fotografías incluidas, tomadas de forma analógica por Streuli, fueron incluidas en la plataforma Open Sea como NFT. “También hay una selección de 24 fotos de danza tomadas por el venezolano Jesús Salazar Cabrera en las calles de Shenzhen, China, subidas a Doingud, plataforma de NFT”, añade.

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Una muestra del trabajo de Jesús Salazar Cabrera | Foto Instagram de Marcy Rangel

La idea fue unir esa mirada analógica de Streuli con la visión de Jesús Salazar Cabrera para vender 24 fotos suyas en 100 dólares y 19 fotos de Streuli en 300 dólares. Con 30% del monto recolectado se otorgarán becas a estudiantes de danza para apoyar el programa de formación del grupo Ímpetu.

“Ímpetu tiene cuatro academias de danza en Caracas y acostumbran a becar jóvenes en los barrios aledaños de sus sedes. La idea es promover esto porque ese programa de becas se detuvo por la pandemia”, explica. Con 60% del monto recolectado se podrá dar trabajo a bailarines para que dicten workshops  en comunidades y con 100% de la venta se hará una presentación de danza, tipo festival, en alguna de estas zonas. Rangel añade: “Este es el plan inicial, puede cambiar. El número de estudiantes becados va a depender del dinero recaudado y de las ventas que tengamos”.

El lanzamiento del libro, además, estará acompañado con actividades para celebrar la danza en Caracas. Este viernes 29 de abril habrá un conversatorio en la UCAB, a las 12:30pm, y otro en MoDo CCS a partir de las 7:00pm con la presencia de DJ Torkins. Allí se presentará la acrobacia aérea de Marilú García, Sieteocho Danza Contemporánea con Armando Díaz y los ganadores del festival Desafío al Movimiento HDH Art Complex. El 30 de abril habrá  un brunch en el restaurante Menta y Romero.

A pesar de las dificultades, Rangel no pensó en ningún momento en desistir de un proyecto como Al son que nos toquen. “Todo está saliendo muy bien, espero que los eventos sean también para dignificar el trabajo de los bailarines, para que más gente los conozca. Pude haber hecho todos los eventos en un teatro, pero quise hacerlos en lugares no convencionales porque la idea también es vincular a todo el mundo y darles una probada de lo que es la danza”.

Vivir en movimiento

En Venezuela hay muy pocos bailarines que pueden vivir de la danza contemporánea. Esa es una realidad que queda retratada en Al son que nos toquen. En sus páginas referentes de la disciplina le explican a Rangel cómo tuvieron que recurrir a dar clases de yoga o pilates para poder mantenerse. Actividades que les permite generar ingresos y continuar bailando. No como en la década de los años 80, cuando había dedicación exclusiva a la danza.

Rangel explica que quienes viven de la danza hoy es porque buscaron emprendimientos particulares en el sector privado. “Sí se puede, tampoco tenemos que esperar a que todo nos lo dé el Estado, pero generalmente el artista no es un gerente cultural o un profesional con herramientas para salir adelante. No todos las tienen, pero los que sí, triunfan”, comenta.

La periodista plantea brindarles más herramientas y trabajos a los bailarines para que así puedan encontrar emprendimientos que financien sus proyectos. La necesidad de ofrecer apoyo surge a partir de la conclusión del libro: se necesita más profesionalización de los artistas. Eso ocurrirá, considera Rangel, cuando los padres les permitan a sus hijos estudiar danza como una carrera y en la medida en que la Universidad Nacional Experimental de las Artes  (Unearte) tenga una oferta de pensum, de profesores y becas dignas para los estudiantes.

Una de las fotografías que forman parte del libro | Foto Instagram de Marcy Rangel

“Eso requiere una política de Estado que vaya enfocada hacia la promoción y educación tanto de bailarines como de público. Necesitamos asistentes que estén dispuestos a pagar por una presentación de danza. Eso es muy difícil de conseguir”, asevera.

Al momento de plantearse sus expectativas con este proyecto, Rangel tiene presente que en ningún país del mundo la danza es la prioridad. Aun así, cree que sí se puede lograr una política de Estado que ayude a dignificar el oficio del bailarín en Venezuela. “Cuando tú tienes una crisis estructural como la que tiene la danza, la situación no se puede corregir con iniciativas privadas. Se debe tener una tríada que incluya la empresa privada, la pública y el tercer sector: las ONG. En la medida en que estas tres áreas trabajen de manera mancomunada por un objetivo se logrará hacer algo y eso solo se consigue con políticas culturales. Eso nos falta”, explica.

Escenarios vacíos

La falta de sustentabilidad y recursos ha llevado a una progresiva ausencia de espectáculos que, en el campo de la danza contemporánea, era protagonizados por Neodanza, Contradanza, Coreoarte, Acción Colectiva, Rajatabla Danza, Espacio Alterno, Plan Cero, Pisorrojo, agente libre. Las compañías existen hoy, pero con pocos bailarines. “Tienen dos años que no bailan por la pandemia. Algunos incluso llevan hasta 3 años sin bailar porque todo esto comenzó con los apagones de 2019. Es muy duro para un bailarín que trabaja con el cuerpo no poder entrenar y presentarse. Hay bailarines a los que invité a mis eventos y no podían creerlo, muy pocas veces han bailado profesionalmente en un teatro o en un espectáculo frente al público. Eso es muy grave”, confiesa.

Al principio, la danza contemporánea en Venezuela contó con algunas plataformas e instituciones, como Fundarte por ejemplo, que brindaban ayudas económicas a compañías. Sin embargo, eso ya no existe. “Las compañías que actualmente  ocupan el Teatro Teresa Carreño no tienen dinero para financiar sus obras. Así que presentan piezas de años pasados porque no tienen dinero para financiar nuevos proyectos”, explica Rangel.

Una de las fotografías que forman parte del libro | Foto Instagram de Marcy Rangel

Cree que la danza contemporánea necesita promoción en el país. Incluso dentro del mismo gremio de bailarines, quienes no cuentan con el espacio para desarrollar la disciplina. Sin embargo, a pesar del desalentador escenario y su fuerte crisis estructural, Rangel se mantiene optimista: se puede pensar en un mejor futuro. “Si estoy sacando este proyecto adelante y la gente está respondiendo, creo que todos pueden hacerlo. El tema es trabajar de manera mancomunada y con objetivos claros. Podemos hacer mucho a futuro. Lo maravilloso de Venezuela es que tenemos todo por hacer y este proyecto busca inspirar a otros, incluso de otras áreas”.

Clara Trueba